Una joya en el anillo (verde)

En el 25º aniversario de la creación del Anillo Verde vitoriano nos damos un paseo por uno de sus parques más visitado: Salburua

Son las 10 de la mañana y el sol brilla en un cielo radiante. La madrugada ha sido fría, así lo atestigua la campa de Salburua. Ésta se ha cubierto de una neblina baja que es fruto de la helada nocturna. La naturaleza nos regala a nuestra llegada una foto preciosa.

Hemos venido a dar un paseo por uno de los parques más visitados del Anillo Verde gasteiztarra. Casi un tercio de las hectáreas que componen esta muralla natural protectora pertenecen a este parque que no existía hace un cuarto de siglo. En 1993 la realidad de Salburua era bien distinta a la de hoy. Los humedales, cuyo origen se remonta hasta el periodo Cuaternario, estaban casi perdidos debido al uso agrícola del terreno. Desde mediados del siglo XIX los municipios cercanos a este espacio natural fueron conquistando terreno para diversos usos. En la década de los 50 y 60 el trabajo hecho durante miles de años por la madre naturaleza había casi desaparecido.

En 1993 el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz da un paso importante para el futuro verde de la ciudad. De la mano del Centro de Estudios Ambientales se empieza a trabajar en el desarrollo del anillo verde. Por aquel entonces Salburua aún era reconocido como el aeropuerto viejo. Las cosas habían mejorado en comparación a los años 60 o 70, época en la cual las balsas se habían prácticamente perdido.

En los años 60 y 70, las balsas de Salburua prácticamente estaban desaparecidas

Pese a todo, había mucho trabajo por hacer. Comienzan los trabajos  de restauración vegetal y paisajística a lo largo de todo el parque, lo que trae la recuperación de parte de la riqueza original de Salburua. Con la llegada del nuevo milenio también llegan los resultados naturales. El humedal vuelve a lucir espléndido y la fauna va recuperando el espacio robado tiempo atrás. Las aves recuperan Salburua para su uso, ya sea como hogar o un punto de descanso en su migración anual. El CEA sigue trabajando en la zona y la amolda para poder transitarla de la mejor forma, creando una serie de vías transitables. Incluso se construyen dos observatorios para ver de cerca a la fauna del parque. En 2002 Salburua es reconocida a nivel internacional obteniendo el registro en el listado de sitio Ramsar, declarándolo como humedal de gran importancia.

Un paseo para grandes y pequeñas personas

No llevamos ni 20 minutos andando cuando nos juntamos con un trío de amigos que desde hace casi 20 años visitan a diario el parque para darse un paseo matutino.  Estos 3 amigos de avanzada edad nos aseguran haber vivido la evolución de Salburua hasta el día de hoy. Su paseo diario va desde la zona de Elorriaga hasta la chopera de Betoño, acabando en el acceso del parque en la zona de la campa.

Van a un ritmo suave pero continuado, apenas se paran más allá que para mirar un árbol o algo que les llame la atención. Son un ejemplo de uso de este recinto, que acoge a toda clase de usuarios.  Nos despedimos de ellos un kilómetro después y seguimos nuestro camino. Mientras avanzamos nos hemos encontrado a toda clase de personas, desde una mujer joven paseando a su perrito a un señor haciendo flexiones y abdominales junto al observatorio de la balsa de Arkaute. Tampoco han faltado los cicloturistas que utilizan estas vías verdes como zona para practicar deporte o para visitar el parque desde otra perspectiva. Debido a que es un día laborable y es pronto no nos encontramos a muchos turistas, algo que sí sucederá unos días más tarde con el puente de diciembre.

Son cerca de las 11 de la mañana y nos encontramos en el corredor que nos lleva hasta el observatorio Los Fresnos. Observamos por algunos agujeros de la valla y nos encontramos otra preciosa estampa del parque. A unos 100 metros nos encontramos a una media docena de ciervos macho bebiendo en medio del humedal. El silencio permite casi escuchar el murmullo que generan y nos quedamos boquiabiertos al reflexionar sobre lo que estamos viendo. Estamos a menos de 1 kilómetro de la ciudad y parece que nos hemos ido a un sitio remoto.

En silencio, abrimos la puerta del observatorio que ya a esas horas está muy concurrido. A nuestra izquierda, un joven caza fotografías de los ciervos gracias a su objetivo de grandes dimensiones. Otra pareja de chicos observa a las aves con unos prismáticos y al otro extremo del mirador nos encontramos con otros dos cazadores de instantáneas. Un grupo de personas se marchan y nos hacen hueco para sentarnos y poder observar mejor la balsa de Arkaute. Allá donde miremos nos encontraremos con una de las casi 200 especies de aves avistadas hasta la fecha en el parque. Los patos y sus familiares cercanos son mayoría, aunque no faltan tampoco las cigüeñas y hasta alguna gaviota. De repente nos sorprende ver a una cierva que come tranquilamente a unos 10 o 15 metros de donde estamos. La escena es preciosa y podríamos quedarnos horas allí, pero dejamos sitio para otras personas y seguimos caminando.

Ya hemos mencionado a las 193 especies de aves que han sido avistadas en Salburua. A ellas hay que añadir unas 30 o 40 especies de mamiferos, algunos de ellos en peligro crítico de extinción como el visón europeo. El pequeño carnívoro más amenazado del mundo se ha visto amenazado por las sueltas del visón americano, una especie invasora procedente de las granjas peleteras. Pese a todo, aún hay esperanza con este precioso mustélido. Salburua recoge hoy criterios necesarios para poder desarrollar la cría del visón europeo y esto nos hace soñar un futuro mejor.

Al igual que con el visón, otras especies sufren las consecuencias de los invasores. En el caso de los cangrejos, el autóctono vio como la introducción de sus hermanos americanos traería con ello la llegada de un hongo parásito que conllevaría una enfermedad mortal en el 100% de los casos. Salburua se llenó del cangrejo rojo o señal, haciendo que el  autóctono prácticamente haya desaparecido.

Otro ejemplo está en el galápago de Florida, esas tortugas que podemos encontrar en casi cualquier tienda de animales. Más de una acaba en los estanques de los parques urbanos de Vitoria, pero otras son soltadas en Salburua. La errónea creencia de que estarán mejor en este entorno natural ha supuesto que generen un impacto negativo frente a otras especies autóctonas del ecosistema como el galápago leproso.

La flora también sufre en este aspecto. La hierba de la Pampa es una especie invasora procedente de América del Sur. Estos juncos medianamente altos con un acabado en forma de pluma tienen cierto valor ornamental, de ahí su origen invasor. Desde los años 50 empezó su extensión por zonas costeras y húmedas de la península hasta llegar a nuestro humedal.

Ataria, algo más que un simple mirador

El sol nos avisa de la llegada del mediodía y nuestro podómetro nos dice que llevamos recorridos cerca de 7 de los 9 kilómetros del parque. Hemos acabado de rodear la balsa de Arkaute y vemos cerca el Fernando Buesa Arena. Nuestra última parada será la que desde 2009 es la atalaya del parque: Ataria. El centro de interpretación del parque es un precioso edificio que se fusiona con el entorno medioambiental. Desde su mirador se observa la bandera natural del parque, creada por el azul del cielo y el verde de la flora.

El mirador saliente de Ataria, una de las postales más bonitas de Salburua.

Los 1600 metros cuadrados de Ataria sirven para conocer mejor el ecosistema de Salburua. Es sin duda la puerta al parque, donde podremos alquilar una bicicleta o hasta un buggy eléctrico que nos ofrecerá una visita guiada. Los técnicos del centro nos resuelven cualquier duda y dan la bienvenida a diario a centenares de visitantes, algunos de ellos realmente jóvenes. Casi todos los centros educativos acaban visitando estas instalaciones para descubrir parte de la flora y la fauna de la ciudad. En el momento de nuestra visita, un grupo de pequeñas y pequeños escuchan atentamente a una técnico del parque que les enseña a dar de comer a los patos. Éstos se acercan considerablemente gracias al reclamo en forma de avituallamiento.

Nos acercamos al otro observatorio del parque, que está vacío. Antes nos sentamos al borde de éste donde nos esperan dos habitantes de la zona. Una pareja de fochas pasea y come tranquilamente a escasos 2 metros de nosotros.  De vez en cuando nos miran pero parece que no nos temen. Su contacto constante con la humanidad ha acabado en una convivencia que han acabado aceptando.

Una focha común pasea cerca del centro Ataria.

El reloj marca la una estando en la chopera de Betoño. El sol alumbra la balsa y las casas del barrio de Salburua, que luce a unos centenares de metros de distancia. Nos vuelve esa observación que hicimos al principio. Es increíble la sensación de naturaleza profunda que genera este parque que se encuentra a 5 minutos andando de la ciudad.

El camino y los puentes nos llevan hasta el punto de partida de este paseo. Nuestras piernas notan el cansancio tras cerca de 9 kilómetros de recorrido.  Valoramos lo vivido y nos sirve para comprender lo que realmente supone el desarrollo del anillo verde. La muralla verde gasteiztarra sirve para el equilibrio medioambiental de la ciudad de la misma forma que nos ofrece un lugar para disfrutar de la práctica de actividades de lo más variopintas, desde el atletismo a un simple paseo con nuestra mascota.

En los últimos 25 años Vitoria-Gasteiz ha recuperado zonas verdes que habían desaparecido por culpa del ser humano. Esto ha traído de vuelta una fauna que en ocasiones creímos perdida y ha servido como ejemplo de actuación para ciudades de múltiples rincones de nuestro planeta. Los reconocimientos no han parado de llegar. El último hace apenas unas semanas en el Congreso Nacional de Medio Ambiente (CONAMA) que premió los 25 años del anillo verde y lo catalogó como referente. Hoy Vitoria-Gasteiz es más verde que nunca, y lo es gracias a rincones como Salburua, toda una joya verde que ha sido posible gracias a las instituciones y a la ciudadanía vitoriana.

‘Cómo hemos cambiado. 25 años del anillo verde’ es una exposición creada por Fundación Vital que podrá visitarse hasta el 31 de marzo de 2019 en la sala Fundación Vital (Postas 13-15).

Este artículo se desarrolló con la ayuda de ‘Salburua, ura eta bizia’ (ISBN: 85-95577-79-8)

 

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